La solitaria acera lo único que podía percibirse era el taconeo lejano de una mujer que se dirigía a su casa; estaba oscureciendo y ella rezaba para que hubiese una tregua de lluvia en ese día gris, sus zapatillas estaban embarradas y mojadas a causa de los charcos...tal vez era así como se sentía, como un alma en pena manchada y ensuciada por el paso del tiempo y las circunstancias.
Encendió un cigarro, dio una calada profunda, y soltó el humo de forma pausada; mientras esperaba al autobús pensó si sería capaz de salir de aquella cárcel que la retenía o escapar de su laberinto en el que se sentía a la
vez agobiada por tanta gente y asqueada en su soledad.
Por fin llegó su autobús , tiró la colilla y se dispuso a entrar, al igual que la calle el automóvil estaba prácticamente vacío, todo parecía haberse alineado para que ella se sintiese aún peor. Tomó asiento mientras miraba por el cristal empañado el paisaje, tal vez no era su lugar, no era su sitio ella no estaba hecha para este mundo o el mundo no estaba hecho para ella, de todas formas había vivido buenos momentos en él y a pesar de su pesimismo seguramente los volvería a vivir. Observó a un abuelo y su nieta en los asientos de delante, ella pequeña e inocente preguntado el por qué de las cosas, él, sabio, paciente y experimentado contestando a todas las preguntas y ofreciéndole más cariño aún del que podría haberle dado a sus hijos.
Entonces ella pensó en lo fácil que sería todo si alguien nos diese las respuestas para todo tratándonos pacientemente y con la dosis de cariño necesaria.
Llegó a su destino todavía dándole vueltas a la cabeza a este tema y se dispuso a entrar en su casa, que no era su casa; su casa se encontraba donde el día era soleado, las zapatillas eran blancas ,las calles transitadas y todas las preguntas tenían sus respuestas.

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